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jueves, 20 de septiembre de 2012

La recepción del Camino de Perfección de Santa Teresa en la Lucha del alma con Dios del Beato F. PALAU

 

Introducción: “Como carmelita, como hijo de Santa Teresa”

Es obligado comenzar esta breve comunicación haciendo alusión a la persona de Francisco Palau y su relación con el Carmelo teresiano. No podemos prescindir de unos datos históricos y biográficos fundamentales, pues sin ellos no es posible una comprensión de sus actitudes y doctrina que enlazan con su trayectoria espiritual como carmelita. Es esta trayectoria la que constituye el eje de su vivencia, y la que transmite a los que con él se relacionan.
Si revisamos su biografía vemos que un momento crucial de su juventud es su entrada en el Carmelo. Después de unos años en el Seminario diocesano de Lérida (1828-1832), encaminó sus pasos al noviciado de los Carmelitas Descalzos en Barcelona (1832).
Está convencido que aquí encontrará su lugar, su rumbo concreto, la forma definitiva en que debe realizar su proyecto de vida. Cuando realiza su consagración en el Carmelo, conoce las consecuencias del paso que va a dar, pero nada ni nadie puede impedirle una respuesta radical al compromiso adquirido, como nos demuestra estas palabras suyas: “cuando hice mi profesión religiosa la revolución tenía ya en su mano la tea incendiaria para abrasar todos los establecimientos religiosos... No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía... me comprometí, sin embargo, a votos solemnes a un estado, cuyas reglas creía poder practicar hasta la muerte, independientes de todo humano acontecimiento”[1].
El 25 de julio 1835 la revolución incendió su convento; no llevaba aún tres años completos en él cuando se ve arrojado del mismo violentamente. Ante la brusca interrupción de su vida claustral intenta compaginar, lo mejor que puede, la nueva situación con su profesión religiosa[2], pues estaba convencido que: “para vivir en el Carmen sólo necesitaba de una cosa que es la vocación”[3]. Esta situación política culmina, por entonces, con un decreto en el que se prohíbe a los religiosos volver a sus conventos y vestir en público el hábito religioso; a pesar de ello se prepara para la ordenación sacerdotal que tiene lugar en Barbastro (1836). A partir de este momento, vive una nueva situación, la de sacerdote y carmelita exclaustrado. A pesar de su corta etapa de formación, la espiritualidad carmelitana empapó su persona, y fue para siempre luz que alumbró su caminar y la forma personal de responder a su misión en la Iglesia.
A lo largo de toda su existencia y en su magisterio queda demostrado que la espiritualidad carmelitana, caló en su interior, creció en su corazón, se transformó en experiencia e inspiró su vida y su obra. Abiertamente atribuirá a Santa Teresa su misión y carisma de fundador: “Estudiando ciertos incidentes de mi vocación a la orden de Santa Teresa, creo me llamó ésta a su Orden para esta obra”[4].
Un elemento a tener en cuenta es la importancia que tiene para él la figura del contemplativo, cuyo modelo ve en el profeta Elías. Tiene conciencia clara de su herencia eremítica, pero también misionera y profética. Se hace eco de las palabras de Santa Teresa en el Camino de Perfección: "Acordémonos de nuestros Padres santos pasados, ermitaños, cuya vida pretendemos imitar"[5]. En La lucha del alma con Dios, partiendo del texto de Santiago, que coloca al profeta Elías como modelo de orante (St 5,16-18), lo toma él también como referente y anima a orar con insistencia.
Se siente ligado al Carmelo de Elías y de Teresa de Jesús cuando desterrado en Ibiza se retira al islote del Vedrá, cuando se retira en las cuevas o en el monte para vivir su soledad y expresar su vocación contemplativa, como el profeta tiene su Horeb. Así lo manifiesta en sus apuntes íntimos:
“Como carmelita, como hijo de Santa Teresa no puedo menos que besar estas llaves que me tiene encerrado dentro de estos muros de aguas mediterráneas [...] Aquí tengo más de lo que pedía en mis dorados ensueños cuando joven, sobre vida contemplativa soñaba. Aquí tengo mi celda, mi cielo; aquí puedo con todas mis fuerzas emplearme como buen sacerdote con Dios Padre los asuntos y los intereses de Jesucristo y su Iglesia[6].
Podríamos seguir aportando datos de su total conexión con el Carmelo a pesar de verse obligado por las circunstancias políticas a vivir exclaustrado, pero nuestro objetivo es presentar brevemente su entronque con el Carmelo teresiano, para poder comprender como la asimilación de este carisma se refleja después en sus obras. En este caso, en la Lucha del alma con Dios.
Dado que todo este congreso está dedicado a profundizar en el Camino de Perfección, no me voy a detener en esta comunicación a sobreabundar en el tema que autorizados especialistas han desarrollado en este congreso. Así que en esta exposición me limitaré a resaltar aquellos puntos en los que destaca más la resonancia y acogida del Camino de perfección en el escrito primerizo palautiano, la Lucha del alma con Dios.
Consciente de la limitación de tiempo y espacio que conlleva una comunicación me centraré en dos puntos focales como son la oración y la centralidad de Cristo, otros tan importantes como la Eucaristía o la acción del Espíritu, el Dios que proyectan ambos autores en sendos escritos, o la Iglesia, sólo se pueden tocar tangencialmente. Antes de hacer una comparación de ambos autores, considerando que el escrito de Francisco Palau es poco conocido, haremos una breve reseña de su contenido.

1.  Presentación de La lucha del alma con Dios

La Lucha del alma con Dios, fue escrita por Francisco Palau en Montauban (Francia) 1843, durante los primeros años del largo periodo que su autor estuvo exiliado en aquel país.
Desde su expulsión violenta del convento carmelitano de Barcelona, en 1835, este carmelita exclaustrado había comprobado personalmente la trágica situación de la Iglesia española. Estaba comprometido en su recuperación a través de la recristianización de la sociedad, pero había sido “vomitado por la revolución al otro lado de los Pirineos”[7].
La situación en lugar de mejorar, iba empeorando. Crecía dentro de su alma la preocupación por la Iglesia y por la patria. Desde Roma el Papa Gregorio XVI urgía al mundo entero para orar por la crítica situación de la Iglesia en España[8]La lucha del alma con Dios es la respuesta a la llamada del Papa. Con este libro sobre la forma de orar por la Iglesia, inicia Francisco Palau el apostolado de la oración junto con el de la pluma. Describe con tonos dramáticos la situación de la Iglesia para convencer a sus lectores de la urgente necesidad de aplicarse a su remedio; no hay otro que la oración y el sacrificio. Ofrece en las páginas del libro una manera concreta de llevarlo a la práctica. El conjunto del libro integra todas las formas y variaciones de la oración cristiana. La obra está encaminada, en efecto, a enseñar cómo orar para este fin de forma fructífera, para que el libro pueda servir de guía a quien busca una orientación precisa. Su reimpresión en la célebre colección Librería religiosa de Barcelona en 1869 es un índice de su influencia. Sobresale en este libro la dimensión apostólica de su oración, tan concreta en sus intenciones y a la vez tan variada y universal. La universalidad de esta oración queda clara cuando leemos en carta a Juana Gratias: “La Lucha del alma con Dios, ese librito te dará doctrina. No hay sino cambiar de objeto. En lugar de España ha de ponerse la Iglesia universal”[9].
Es un escrito en forma dialogada destinado a despertar la necesidad de la oración por la Iglesia perseguida, en toda Europa, especialmente en España, dada la falta de “maestros espíritu que enseñen a orar”[10].
Junto a la idea base de la eficacia apostólica de la vida oración y sacrificio –eje de todo el libro– surge, como en el Camino de Perfección, otra motivación: la urgencia de compartir idéntica inquietud con otras personas colocadas en situación parecida.
El objetivo del autor es, como director espiritual, “servir al director principal, el Espíritu Santo, para que en V. pueda negociar con el Padre y el Hijo los intereses de la religión católica en España”[11].
La oración se entiende en su sentido más amplio: como estilo de vida y como ejercicio concreto de plegaria. Lo que él llama con frecuencia «oración y sacrificio por la Iglesia». Ofrece en sus páginas «todo lo que puede humanamente practicar quien desee sinceramente cooperar con el Espíritu Santo en esta lucha»[12].
En cuanto a la estructura y contenido, la "Lucha del alma con Dios" empieza con lo que podríamos llamar "introducción", con dos apartados, uno que se refiere "al lector" y otro a "carta de un director". La Obra se divide en seis "conferencias", cada una de las cuales consta de uno o varios capítulos[13]. Cómo santa Teresa, le dedica especial atención a la oración evangélica por excelencia, el Padre Nuestro[14].

2.     Resonancias y relectura del Camino de perfección en la Lucha del alma con Dios

En todos los escritos de Francisco Palau encontramos referencias teresianas, explícita o implícitamente. Pero sólo en el caso de La lucha del alma con Dios, toda la obra está sustentada por las preocupaciones básicas que laten en el Camino de Perfección. El mismo autor establece un paralelismo directo tanto en la motivación como en la finalidad del escrito, con la obra teresiana. Veamos algunas coincidencias:
a)   “En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho los luteranos”[15].
“De santa Teresa de Jesús, nuestra paisana y doctora de la Iglesia, sabemos por sus mismos escritos que se propuso en la oración alcanzar de Dios la conservación de la religión católica en España y que no la infestara con su infernal aliento la bestia inmunda del protestantismo, que hacía en aquel tiempo los mayores estragos en el vecino reino de Francia. Fue oída, según parece, pues nos dice ella misma (Segunda relación) que jamás pidió cosa en la oración que no la viese cumplida; y ni ahora que todos los errores hallan abiertas de par en par las puertas de la malhadada España hallan en ella eco las carcomidas herejías del siglo XVI” [16].
b)  “No es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”[17]
“Ha de saber V., y quisiera lo supieran todas las almas de oración, que uno de los mayores negocios, el mayor tal vez, y al que todos los demás estaban subordinados, que agenció con Dios en la oración santa Teresa fue la conservación de la religión católica en España. A este fin conmovía todas las almas de oración. Y en esta noble empresa su director, protector y maestro fue san José[18].
c)  “Ya, hijas, habéis visto la gran empresa que pretendemos ganar”[19].
Francisco Palau asegura que “nuestra lucha es la misma que entonces”[20]. Por esto, se solidariza con el proyecto teresiano del Camino de Perfección y afirma que la empresa en la que está empeñado es la misma que pretendía ganar Santa Teresa en su tiempo y consecuencia de ella, “pues la impiedad que ahora combatimos no es más que el resultado de la pretendida reforma o desbordamiento general de todos los errores que abortó Lutero y sus secuaces”[21]. Por lo tanto aplica el mismo remedio.
Pero la filiación no termina ahí, podemos señalar otros puntos de conexión entre el Camino de perfección y la Lucha del alma con Dios. De esta comparación destacamos:
·         La relación entre lenguaje y experiencia en ambos autores.
·        La atención a la realidad circundante como punto de partida de Camino y Lucha.
·        El compromiso con el drama histórico de la Iglesia, como respuesta, por medio de la oración hecha vida evangélica.
·         La centralidad de Cristo
·        La dimensión misionera y eclesial de la contemplación

2.1.  Lenguaje y experiencia

Como en el Camino de Perfección, en la Lucha del alma con Dios observamos una estrecha relación entre lenguaje y experiencia. Esta relación se concreta en el estilo epistolar y didáctico de ambos escritos. Igual que Teresa, Francisco Palau, piensa siempre en el lector a la hora de elegir el método: «He adoptado la forma de diálogo y de conferencias entre Vd. y yo, ya porque me ha parecido que dejaba más libertad al espíritu para manifestarse, ya porque se acomoda más a la llaneza con que quiero expresarme»[22]. Las conferencias o diálogo entre director y dirigida no son más que el tablero de ajedrez sobre el compiten la dama y el rey[23], en el caso de Lucha, la persona orante y Dios, especialmente a partir de la cuarta conferencia.
Desde el título de la obra, Lucha del alma con Dios, se percibe el espíritu combatiente de Teresa y así como en el juego de ajedrez todo movimiento tiene una finalidad precisa: contribuir a rendir al rey, en Palau toda la vida de los seguidores de Jesús, con sus actitudes evangélicas, está encaminada también a rendir a Dios a favor de su Iglesia[24].
Por este motivo todo él está entretejido del simbolismo de la militancia, haciendo en ocasiones referencia explícita a Santa Teresa. Citamos sólo un ejemplo:
“Tome, pues, V. en esta terrible lucha que ha emprendido con Dios a san José no sólo por abogado, sino aun por maestro; y verá V. cómo le enseñará el manejo de las armas espirituales al modo que lo enseñó a santa Teresa”[25].
El sentido metafórico de la lucha palautiana remite a la “determinada determinación” como actitud global, que define al orante de una manera existencial y vital. En sentido metafórico remite a la lucha, al combate, a la pelea: ‘pelead’, ‘no estáis aquí a otra cosa sino a pelear’ (C 20,2).
Lo mismo que la lectura del Camino introduce en el paisaje interior de la autora, cómo vive ella en lo hondo del alma el drama de Europa y de la Iglesia envueltas en guerras y violencia[26], así quien se introduce en la lectura de Lucha se encuentra con el alma desgarrada de Francisco Palau ante los infortunios y penalidades de la época que le tocó vivir:
“Nuestra desventurada patria ha sido como inundada con la sangre de sus propios hijos, degollados por sus mismos hermanos, y sus fértiles y hermosos campos convertidos en vastos cementerios.... Hemos visto por todas partes la devastación, el horror y la muerte…De un jardín amenísimo que era –poblado de árboles frondosos cargados de flores embalsamadas y frutos deliciosos, cerrado a toda herejía e impiedad, cultivado por una infinidad de celosos sacerdotes y de apostólicos predicadores, regado por las aguas cristalinas que manaban de los siete sacramentos y, en fin, hecho todo una delicia para su Señor Jesucristo– se halla convertida en un bosque cubierto de espinas y maleza, en donde tienen su guarida una infinidad de animales dañinos y ponzoñosos, regado por las aguas negras y podridas de las doctrinas volterianas, que reparten por todas partes los libros impíos y los apóstoles de Satanás.[27]
También es teresiano el simbolismo amoroso, nupcial intimista, al que tanto acude Palau: vivir enamoradas, como la mujer bien casada lo está de su marido, y actuar en consecuencia[28].
La experiencia de dolor por la situación de la Iglesia ambos la expresan con el símbolo de la nave en medio de la tempestad haciendo alusión al relato evangélico de la tempestad calmada: Encontramos en Camino la siguiente petición: “¡Haced que se sosiegue este mar!; no ande siempre en tanta tempestades la nave de la Iglesia y ¡salvadnos, Señor mío!, que perecemos”[29]. Así mismo se expresa Palau en la Lucha acudiendo en ocho ocasiones a este texto bíblico:
“Con este libro sólo pretendo enseñarle a V. cómo se ha de disponer para decir de tal manera con los discípulos de Jesús en el mar de Genesaret «Señor, salvadnos, que perecemos» [Mt 8,25], que logre V. despertarle, y en esta deshecha tempestad salve la navecilla de la Iglesia”[30].
Uno de los grandes encantos y de los atractivos más poderosos de Camino de perfección, y sin duda uno de los rasgos más peculiares del estilo y lenguaje teresianos, según Tomás Álvarez, es esa asombrosa capacidad para escribir dialogando con todo el mundo[31]. Es también un rasgo muy marcado en la Lucha del alma con Dios. Su autor lo mismo habla con su dirigida, que sin previo aviso se dirige a Dios[32], que interpela a todos los cristianos[33]. De esta forma F. Palau recoge y se comunica en el lenguaje envolvente y existencial de Teresa, que marca toda una manera de vivir.

2.2.  El punto de partida: La mirada al mundo

La finalidad de Camino de perfección, según las propias palabras de la Santa, parte de un vivir atenta a lo que sucede a su alrededor. Escucha y comparte su inquietud por las noticias que le llegan sobre los problemas de la Iglesia:
“En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho los luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Me dio gran fatiga y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Me parecía que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían”. (C1, 2)
Dándose cuenta de algunos de los males de la Iglesia nos dice: “me determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo [...] ocupadas en oración por los defensores de la Iglesia”[34].
Por su parte Francisco Palau, escribe que las razones que motivaron su decisión de publicar esta obra fueron: la lamentable situación religiosa de España; la necesidad de la oración para salvarla; la falta de instrucción y aprecio de este medio eficaz de impetrar la ayuda de Dios[35]. Añadimos, un texto más, entre otros muchos que confirman como la preocupación por lo que sucede a su alrededor, le mueve a compartir esta inquietud y a buscar remedio, lo mismo que a Sana Teresa:
“El impío prosigue cortando ramos del árbol sacrosanto de la religión católica. Sus golpes son continuos. Su empeño es destruirlo del todo y arrancarlo de raíz. Y si el Dios de las misericordias… no detiene la mano del impío, va a lograr éste su intento. Porque ves que ya se dirigen algunos golpes a la raíz; ves propuesto formalmente el cisma, y se persigue al clero que osa levantar la voz y manifestarse adicto al centro de la unidad católica, que es el Papa”[36].
Como vemos, en la génesis de ambos escritos, late, por un lado, el dolor por la situación histórica del mundo y la Iglesia .guerras, muertes, incendios, profanaciones, "deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos"[37], nos dirá Santa Teresa, y por otro la necesidad  de implicarse, de actuar para poner remedio.

2.3. La respuesta: El compromiso con el drama histórico de la Iglesia

Desde los hombres y su historia tomados en serio se intensifica en el contemplativo la urgencia de entrar a fondo en el misterio del plan salvífico de Dios. Desde la contemplación de este misterio salvífico se intensifica en el apóstol la urgencia de anunciar a los hombres la buena noticia del Evangelio. Aparecen de nuevo aquí las dos fidelidades que constituyen el eje de la vida de Teresa y Francisco Palau: La fidelidad a la Palabra contemplada en el silencio y en la oración y la fidelidad a los hombres necesitados de la luz y la fuerza de esa Palabra. Es una reproducción de las dos fidelidades de Jesús: la fidelidad al Padre con quien dialoga intensamente en el desierto, en la montaña, en la noche, mar adentro... y la fidelidad a los hombres para quienes el Padre ha concebido desde siempre un designio de salvación y liberación que se ha manifestado en Cristo. La combinación de estas dos fidelidades compone lo esencial del proyecto de vida al que invitan los dos místicos carmelitas. Una vida que no está en función de sí mismos, sino abierta al mundo. Es difusiva y expansiva
A su mirada teologal de la realidad responde teologalmente y con realismo. Primero, nos fijamos en Teresa: Ante los males, que se ofrecen a su mirada contemplativa y contempladora, se angustia ante la propia impotencia: "me vi mujer y ruin e imposibilitada"[38]... Pero enseguida su respuesta es "determinarse a hacer", siendo fiel a los consejos evangélicos; ser tales, que su vida valga para la Iglesia; hasta convertirse en dique de contención frente a los males de Europa, haciendo palanca por los que son "defendedores" de la Iglesia[39].
Cuando consideramos a Palau, en la génesis de La Lucha del alma con Dios, se adivina el proceso de Teresa en los capítulos 1-3, en los que narra lo que la llevó a fundar el monasterio de San José.


Resumimos los momentos claves de este proceso en la siguiente tabla:

CAMINO DE PERFECCIÓN (V) 1, 2
LUCHA DEL ALMA CON DIOS
Atención a lo que les rodea

“En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho los luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta” (1, 2).
A Francisco Palau en Francia le llegan noticias de lo que sucede a la Iglesia en España:
“Así en España se halla la navecilla de Pedro tan agitada por la furia de los vientos de falsas doctrinas, y por las olas de todas las pasiones humanas, que las aguas han entrado ya en ella y ponen a todos los fieles en inminente peligro de hundirse en el cisma”   (34, 7).
Conmoverse. Lo que ven y oyen no les deja indiferentes sino que los conmueve profundamente.

“Me dio gran fatiga y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal...” (Ibid).
“¡Quién me diera poder aliviar sus angustias, aunque fuera con mi propia sangre!” (58).
Orar.
"Lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal" (Ibíd.).
La oración, pues, es la única medicina que queda a la Iglesia de España para que sea salva (42, 18).
Determinarse a hacer todo lo que sus posibilidades le permitan.




"Toda mi ansia era, y aún es, pues que tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese..." (Ibíd.).
“Sus pies de V. vayan calzados con una determinación resuelta de confesar a Jesucristo, aunque sea a costa del mayor sacrificio”. 37-38
 “Ya la supongo a V. enteramente resuelta a   emprender esta guerra santa” (43,28; Cf. 52, 36).
Confiar. Saben que lo que ella puede hacer es desearlo, determinarse y disponerse, pero están convencidos que no pueden nada por ellos mismos.
"que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo". (Ibíd.).

“¡Qué horrenda lucha será ésta para mi flaqueza! Pero si Dios así lo quiere, si así lo manda, no hay nada que hacer, Teófila, manos a la obra. Yo voy –aunque temblando por mi miseria, bien que plenamente confiada en la virtud de Dios” (117, 38).

Podemos ver en estos textos una síntesis de la recepción del Camino de perfección por Francisco Palau a tres siglos de distancia: Ser contemplativos de ojos abiertos para captar lo que acontece y enrolarse en los avatares de la Iglesia y de la historia. Optar determinadamente por Cristo y actuar en consecuencia con la confianza puesta en Dios.

3.    La oración tema central del Camino y la Lucha

Todo el libro de camino está centrado en la oración. La oración, camino de perfección, de comunión con Dios. Oración que tiene unas exigencias de vida que se presentan como premisas, a la vez que como efectos, que son coextensivas al proceso de la relación amistosa con Dios. Y la oración que se verifica y autentifica por los “efectos”, cambio que opera en la persona, cambio estrecha y directamente vinculado a la comunidad, iglesia doméstica, a la que sirve, cuyo discernimiento se requiere, en cuyo ámbito se vive.
En la sección que va del cap. 16 al 32 nuestra autora vuelve su mirada sobre lo nuclear de la oración, contemplada en sus diferentes variantes y recorridos, y también sus limitaciones… Aparecen los primeros pasos hacia la oración contemplativa, para seguir después con la oración en clave de meditación, la oración contemplativa, de ‘recogimiento’, dirá Teresa.
La santa propone un recorrido evangélico en el que la oración es una tarea fundamental como lo era para Jesús[40].

3.1. Estilo teresiano de orar

La oración, que vive y transmite Francisco Palau, tiene todos los rasgos de la oración teresiana. Dice la definición teresiana más conocida: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”[41]. Encontramos que la descripción que hace Francisco Palau de oración contiene los mismos rasgos: “La oración es un trato íntimo, familiar que el hombre tiene con Dios”[42]. Por tanto resuena el trato amigable, en soledad, que es don y deseo de comunicarse con el Amado/a, que se puede completar con este otro texto palautiano de Mis Relaciones con la Iglesia: “Estas visitas no servían sino para atormentarme más, porque con ellas crecían los deseos de verla y relacionarme amistosamente con ella”[43]. Así ora y así enseña a orar, si cogemos la primera carta del epistolario que dirige a la escritora francesa Eugenia Guerin, vemos que le invita a descubrir la propia interioridad, para introducirse en ella y permanecer allí, ante el Señor de la vida. Recordemos lo que nos dice la Santa al definir la oración de recogimiento: “llamase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios”[44] y Francisco Palau de forma semejante afirma que: “la obra grande de Dios se labra en el interior”[45].
Digamos que por una parte aparece la dimensión psicológica de la oración (ese entrar en uno mismo), que implica ir más allá de la dispersión de los sentidos; y por otra parte aparece la dimensión cristológica (focalizar la atención en Cristo). En un caso y en otro se remite a lo profundo, allá donde comienza a intuirse la verdad de la vida: ‘lo íntimo del alma, lo muy hondo e íntimo, en lo más íntimo del alma’, etc.
En cuanto al libro que nos ocupa, Lucha del alma con Dios, está totalmente centrado en la oración, sobre todo en la oración de intercesión. En la Lucha, aún no aparece tanto la dimensión psicológica que después se va a prodigar en el escrito de Mis Relaciones, pero ni mucho menos está ausente[46], sin embargo donde coinciden plenamente es en el aspecto cristológico y eclesial que recorre ambos escritos, como veremos más adelante.

a)  ¿Un método de oración?

A Francisco Palau no le interesa tanto en la Lucha, enseñar una determinada forma de oración sino formar en el valor de la oración en sí misma, convencer de su poder sanador y transformante, sea cual sea el tipo o método que se emplee.
Como a la Santa lo que realmente le interesa es trazar un plan de vida basado en la práctica general de la oración. Se dirige a los que se preocupan por vivir una vida cristiana. Se aprecia sin dificultad que en el fondo está latente, no sólo la formación carmelitana del autor, sino el estilo teresiano de oración.
Por eso al hablar de oración no alude a sistemas particulares, pero da prioridad a la oración personal y meditativa, aunque también resalta la oración comunitaria con una queja puesta en boca de Jesús: “¡Cómo te espantarías, hija si vieras cuán apagado está el espíritu verdadero de oración común por el cuerpo de la Iglesia!”[47]. Porque en el fondo lo importante es que quien realmente ora en nosotros y por nosotros son Jesús y el Espíritu Santo. Estas razones son expuestas en forma de plegaria al Padre:
“Por dos motivos no podéis dejar de oír a vuestra Iglesia en sus peticiones: 1º. Porque en ella pide su cabeza Jesucristo, vuestro Hijo, y Jesús no puede dejar de ser oído. […] 2º El otro motivo porque no me podéis negar mi demanda es porque os lo pido en virtud del Espíritu Santo, que anima a la Iglesia. En efecto, el Espíritu Santo es el que vivifica la Iglesia, el que coaduna todos sus miembros para que no formen más que un solo cuerpo, y el que con gemidos inenarrables pide en el corazón de sus hijos por todas sus necesidades [Rm 8,26]”[48] .

b)  Armonizando aparentes contrarios

Francisco Palau, como Teresa, se alzan en contra de una mera recitación mecánica de fórmulas en la oración, sea cual sea, pues junto a los labios, ha de abrirse el corazón, y la vida toda. Sin embargo, frente a los que rechazaban entonces el valor de la oración vocal, Teresa busca infatigablemente mostrar la identidad entre ambos tipos de oración. La dignidad de la oración vocal la va a poner de manifiesto en el comentario que llevará a cabo del Padrenuestro, síntesis condensada que “encierra en sí todo el camino espiritual, desde el principio hasta engolfar Dios el alma y darla abundosamente a beber de la fuente de agua viva”[49], y trampolín para la oración contemplativa, que siempre permanece como un don. Porque toda oración vocal auténtica termina en oración mental, o sea, en auténtica meditación: “Si hablando estoy enteramente entendiendo y viendo que hablo con Dios…, junto está oración mental y vocal”[50]. Para ella la oración auténtica es un diálogo de amistad, lo que implica necesariamente atención a nuestro interlocutor[51]. No basta con un mero cumplir externo y vacío, ni con una mera recitación formal. Estamos ante una apuesta decidida por lo que vamos a llamar ‘meditación consciente’ (ya sea vocal o mental).
Para Francisco Palau esta “meditación consciente”, debe preceder, generosa en tiempo a cualquier petición vocal:
“Mi carísima Teófila, con este libro sólo pretendo enseñarle a V. cómo se ha de disponer para decir de tal manera con los discípulos de Jesús en el mar de Genesaret «Señor, salvadnos, que perecemos» [Mt 8,25], que logre V. despertarle, y en esta deshecha tempestad salve la navecilla de la Iglesia. Para pronunciar estas cuatro palabras pocos instantes se necesitan; pero para decirlas debidamente, hablando según ley ordinaria o atendido el curso ordinario de la gracia, es necesario que precedan largas horas de oración”[52].
Precisamente, hablando de las oraciones que presenta en su libro, la mayoría extraídas de la Biblia, Palau comenta:
“Porque claro está que no basta recitarlas materialmente, como las dejo escritas, sino que es menester conocer antes con claridad los peligros en que se halla la nave de Pedro, dónde está el que ha de salvarla, el por qué no la salva y por qué Jesús duerme tan fuerte; la necesidad de despertarle para que cese la tempestad, el modo de hacerlo; la fe y confianza que debemos tener de que nos oirá, de que despertará y mandará a los vientos y al mar [Mt 8,24-26; Mc 4,37-39; Lc 8,23-24], y así veremos la Iglesia en paz. Estas y semejantes meditaciones deben preceder, y para esto va este mi libro”[53].
Podemos apreciar en este texto de Palau una de las consignas teresianas: la oración, va más allá de una relación verbal con Dios; es sobre todo una relación vital, existencial, de la cual la relación verbal es simplemente su expresión explícita y parcial. Antes de los actos de oración hay en Palau una preocupación constante por ubicarse y tomar conciencia de lo que se propone hacer; es una oración vital, que da sentido y verdad a la oración de palabra.
Siendo imposible hacer un estudio de todos los elementos de la oración que aparecen en el Camino de Perfección, y su incidencia en la obra palautiana que tratamos, nos vamos a centrar en algunos de sus aspectos más característicos consciente de que queda lo más por considerar.
Si todos los aspectos de la oración teresiana repercuten directamente en la de Francisco Palau, hay algunos que tiene una incidencia particular y que por esta razón son los que vamos a privilegiar. Se trata de la centralidad de Cristo, de la conexión con la vida, ya que la verdadera oración se mide por sus efectos[54]; y por último uno de los puntos más fuertes de coincidencia entre ambos, la profundidad misionera y eclesial de la contemplación.

3.1.1. Centralidad de Cristo

El Camino de Perfección es una constante llamada a centrarnos en CristoAsí mismo el soporte y fundamento de la oración teresiana es Cristo. El “Juntos andemos, Señor”[55] implica estar con Él y comulgar con su causa[56]. Así mismo la persona de Jesús atraviesa e impregna toda la Lucha. En uno y otro escrito Jesucristo es presentado como el Hijo enviado del Padre para llevar a cabo la obra de la salvación. Afirma Secundino Castro: “Es en el Camino de Perfección donde Teresa se detiene más en aclarar estas relaciones íntimas entre el Padre y el Hijo, ya que nos describe la persona de Jesús en una doble vertiente: con respecto a Dios Padre con quien se relaciona trascendentalmente en la eternidad, y a quien obedece amorosamente en el tiempo, y con relación a nosotros a quienes se dirige para comunicarnos el designio del Padre”[57].
En la línea de esta afirmación el texto de la Lucha citado a continuación puede resumir el significado y centralidad de Cristo en el escrito palautiano y su conexión intrínseca con el Camino de Perfección. Dice así: “Vino el Redentor y por medio de una oración continua reconcilió el mundo con su Padre”[58]. En pocas palabras manifiesta la persona de Jesús en su relación íntima filial con el Padre, mediante la cual realiza la comunión del hombre con Dios. Por la oración continua de Cristo, hemos sido bendecidos y vitalmente renovados para una relación íntima con Dios y asociados con Él en su obra de salvación y reconciliación.

a)   Jesús, modelo y maestro

Es el de Maestro, uno de los títulos que mejor definen a Jesús según Santa Teresa[59]; ya que Jesús es por antonomasia quien enseña a los hombres el camino que conduce a Dios. El magisterio de Jesucristo con relación a la oración no se reduce a enseñársela al cristiano, sino que Él mismo es el objeto y el término de esa enseñanza.
El Camino de Perfección es la obra en la que Teresa insiste más en que Jesús es el verdadero maestro de oración[60]: “De mí os confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que el Señor me enseñó este modo”[61]. Teresa se fija en la pedagogía de Jesucristo para llevar las almas hacia sí. Es él quien va preparando las circunstancias para que de alguna manera se vea obligada a dirigirse a él.[62].
Como para Teresa, para Palau, Jesús es el gran modelo orante y contemplativo y maestro de oración: La afirmación teresiana de que Cristo es el Maestro que enseña los secretos de la oración a las almas, es recogida por Francisco Palau en la estructura dramática que emplea a partir de la conferencia 4ª de la obra que comentamos, en la que el director espiritual deja paso a Jesús, que en continuo diálogo con la orante, le va enseñando como debe hacer para ser escuchada. Es una relación de reciprocidad, donde no sólo Jesús escucha y consuela, sino que le pide a la persona en oración ser consolado por ella. En el diálogo se cambian los papeles y parece que el necesitado sea Cristo[63].
No utiliza Palau el título de maestro de forma explícita, aplicado a Jesús, en la Lucha. Aunque sí aparece en escritos posteriores como la Vida Solitaria y la Escuela de la Virtud y en el epistolario[64]. Especialmente en aquellas cartas que ejerce de guía espiritual, es notable su coincidencia con la santa: “Imita a Jesucristo en esto y hallarás un verdadero maestro y modelo de oración. Síguelo en todos sus pasos: lo verás en el desierto orando por los hombres, en el huerto de los olivos agonizando por ellos, en la predicación socorriéndoles”[65].
En la Lucha el título de Maestro lo reserva para el Espíritu Santo[66] y a veces para San José, citando textualmente a la Santa[67]; sin embargo, tiene en cuenta el magisterio de Cristo, como queda reflejado en este texto: “Nuestro Señor Jesucristo, por la boca de Santiago, está mandando a todos los hijos de la Iglesia que los unos hagamos oración por los otros, a fin de que todos seamos salvos”[68]. Así ambos autores ponen a Jesús como fundamento de la oración, y  no se puede dar una verdadera oración si no es enseñada por Jesucristo[69].
De este modo Jesús, Maestro, no es presencia muda y pasiva en la oración, sino palabra reveladora: “¿Pensáis que se está callando…? Bien habla al corazón. Y bien es consideremos somos cada una de nosotras a quien enseñó esta oración y nos la está mostrando”[70]. También Francisco Palau está plenamente convencido de esta presencia dinamizadora y dialogante que habita nuestro interior: “Estoy cierto que el espíritu del Señor –que veo mueve a V. a practicar lo que en este libro se contiene– le enseñará con claridad lo que mi mal cortada pluma no sabrá más que bosquejarle”[71].
Pero es necesario que oigamos sus lecciones por los órganos que quiere manifestárnoslas y nos tiene señalados. Estos son, como ya V. sabe, las sagradas Escrituras y la tradición expuestas por los santos Padres y por el Juez y magisterio vivo de la Iglesia. En estos libros hemos de estudiar el modo de negociar con Jesucristo y su Padre un asunto de tanto interés y que lleva consigo tantas dificultades y penas, si no queremos que salga vano nuestro trabajo”[72].
Cristo para nuestra Santa, no sólo es el maestro, es la misma sabiduría, reflejo de la ciencia de Dios, que la impregna y le hace conocer los misterios divinos y sus designios sobre ella. Por eso es Maestro de la Sabiduría, que le enseña a enseñar[73] y la misma sabiduría[74].
También para Francisco Palau, Jesucristo es la sabiduría de Dios; él nos ilumina para conocer a Dios y caminar por sus sendas; fuera de él no hay posibilidad de llegar a su verdadero conocimiento por la fe: “Que sólo una luz extraordinaria de la sabiduría del Verbo puede guiarla sin tropiezo por las sendas de la verdad y hacer que no se extinga en ella la luz pura de la fe”[75].
Se puede decir que F. Palau cree, como Teresa de Jesús, que en el hombre espiritual sólo debe quedar un único deseo: imitar a Jesucristo, comprenderle, desear penetrar su misterio, gustar su persona. Para esto es necesario contemplar su existencia y llegar a tener sus mismos sentimientos.
La comunidad, por su parte, intenta orientar su vida en conformidad con las enseñanzas de Jesucristo; Jesucristo es el maestro de la comunidad. El perdón, la paciencia, la humildad, la pobreza, el servicio, la soledad… en última instancia tiene su razón de ser en Cristo. De ahí su consigna pedagógica: “Acostumbrarse a trabajar y andar cabe este verdadero maestro”[76].

b)  Amigo y esposo

El Camino de Perfección pone de manifiesto que la religiosa por su profesión se ha desposado con Cristo, y que bajo esta consideración matrimonial deberá relacionarse con él[77]. Las distintas etapas del itinerario espiritual cristiano poseerán un tono esponsalicio hasta su culminación en el matrimonio espiritual. Se trata de una realidad vital y existencial en cada persona cristiana. Es un hecho que va más allá de la mera experiencia psicológica, aunque lo incluye; se trata de una experiencia a niveles de fe. Así, pues, el concepto de Cristo esposo que es una categoría teológica se hace vivencia psicológico-teológica[78].
Así mismo toda la Lucha del alma con Dios está en clave esponsal, aplicada tanto a la Iglesia como a la persona individual: la esposa de Jesús que es cada persona desde el bautismo y especialmente las que se ha consagrado totalmente a Dios, debe cuidar por el honor de su Esposo[79]; Jesucristo, como Esposo amante del bien de su esposa y deseándola salvar, la invita con insistencia a la oración[80] para “negociar con su Esposo el triunfo de la fe y el exterminio de la impiedad”[81].
Tanto en Camino como en la Lucha se muestra a Jesús como la suma expresión del amor esponsal; ambos autores miden la vida espiritual no en términos de perfección sino en relación al amor pleno y recíproco entre Cristo y el alma. Precisamente la vida comunitaria tiene la suprema razón de ser en la presencia del esposo[82]. Y a las monjas se les recuerda continuamente la actitud y la psicología de la mujer casada, para acentuar el realismo esponsal de la vida consagrada[83]:
“Pues nunca, hijas, quita vuestro Esposo los ojos de vosotras… Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos… Así como dicen ha de hacer la mujer, para ser bien casada, con su marido, que si está triste, se ha de mostrar ella triste, y si está alegre, aunque nunca lo esté, alegre -mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas-, esto con verdad, sin fingimiento, hace el Señor con nosotros: que Él se hace sujeto, y quiere seáis vos la señora y andar Él a vuestra voluntad[84].
En el escrito palautiano como en el teresiano[85], se pone de relieve que esta esponsalidad es ya un don recibido en el bautismo: “Primeramente, como esposa de Jesús que es V. desde el bautismo y especialmente desde que se ha consagrado V. totalmente a Dios, debe revestirse de celo por el honor de su Esposo”[86].
Lo nupcial preside todo el diálogo que se establece en la Lucha entre el alma y Cristo, “como Esposo amante del bien de su esposa y deseándola salvar, la convida con tanto empeño a la oración”[87].
La misma estructura literaria del libro es un diálogo de amantes; lo divino y lo humano se relacionan a través de Cristo mediador, bajo el prisma de una mediación esponsalicia. Muchos años más tarde, cuando Francisco Palau esté en la cima de su experiencia mística, hará la relectura teologal de su propia vida en clave esponsal[88]. Dirá que la de los desposorios “son las relaciones que van directamente a llenar el corazón, porque unen en esta vida con la perfección que permite la condición de mortal a los dos amantes”. La razón es que “la simple amistad puede hallarse sin constituir familia, la maternidad constituye familia y hay comunidad de bienes, pero los desposorios constituyen familia, hacen comunidad de bienes y personas. Los desposorios son la entrega mutua de los amantes uno a otro”[89]. Esta unión se ve estrechada cada día sacramentalmente en la celebración de la Eucaristía. Aquí se consuma sacramentalmente el matrimonio espiritual.

3.1.2. La conexión con la vida

Una de las desviaciones más graves que la Biblia reprocha es la separación entre oración y moral, culto y vida (Is 1; Am 5; Jr 7). Las consignas de la Santa a quien inicia el camino de la oración son muy claras y se reducen a unos cuantos presupuestos, y a una manera de cultivar directamente la oración. Los presupuestos se refieren a la vida[90]. Es ésta la que tiene que convertirse en oración: “Antes que diga de lo interior, que es la oración, diré algunas cosas que son necesarias tener las que pretenden llevar camino de oración, y tan necesarias que, sin ser muy contemplativas, podrán estar muy adelante en el servicio del Señor”[91].
Siguiendo, el estilo teresiano que insiste en que la oración tiene que transformarse en obras. “En esto de la oración, diré algunas cosas... antes que diga... qué es la oración: Tres cosas me extenderé en declarar... la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra verdadera humildad”[92].
Recorriendo las Cartas, que Francisco Palau escribió como fundador, vemos que transmite el mismo calado para sus grupos del incipiente Carmelo Misionero. Las virtudes darán autenticidad a la oración y la oración irá purificando la vida, por eso les aconseja: “Os repetiré, muchas veces, aquellos consejos que forman el espíritu, según la vocación a que sois llamadas... son necesarias estas virtudes principales, obediencia, pobreza y la caridad de unas con otras”[93].
También en la Lucha recoge Francisco Palau la consigna teresiana de que la oración se avala con la vida. Por eso al comienzo de su escrito marca el camino con firmeza. Ante la dificultad de la empresa, insiste reiteradamente en la necesidad de una profunda y auténtica confianza: “Anime V. hasta el punto más alto su confianza en el Señor, fundándola, no en V. misma, sino en la sangre del Redentor”[94].
A lo largo del escrito va desgranando, no de forma sistemática, sino tal como se va presentando la ocasión en el diálogo entre dirigida y director, una serie de actitudes sin las que no es posible el verdadero “espíritu de oración”. Apela, en primer lugar, a la condición de “esposa de Jesús que es V. desde el bautismo y especialmente desde que se ha consagrado totalmente a Dios”[95]. Por esta razón “debe revestirse de celo por el honor de su Esposo. Constitúyase V. como una verdadera madre de sus prójimos, ya sean buenos o malos. Métaselos V. dentro de su corazón y, como la gallina abriga con sus alas a los polluelos [Mt 23,37] y expone su vida para defenderlos de las uñas del gavilán, así V. mírelos como a verdaderos hijos suyos, cúbralos con las alas de su corazón”[96]. Así tenemos aquí junto al simbolismo esponsal[97], la primera consigna teresiana: el amor. El amor al prójimo que ambos autores consideran medio indispensable para la unión con Dios y la configuración con Cristo. Porque “cuando el amor es verdadero, no queda paso por dar ni medicina que probar; se emplean todos los recursos y se expone hasta la misma vida”[98]. Como quintaesencia del amor presenta el perdón. Teresa asegura que el saber perdonar es la señal inequívoca de la verdadera oración y del auténtico contemplativo[99]. Y Francisco Palau lo expresará así parafraseando la petición de Padre nuestro: “mirad que ya perdonamos de corazón a nuestros deudores”. En este sentido afirma que un alma poseída por el Espíritu Santo transforma su justa indignación en compasión:
“Cuántas veces nos sentimos llenos de indignación contra los que consideramos como causas primarias de tanto estrago. Un alma verdaderamente ilustrada por la luz del Espíritu Santo piensa y dice lo mismo, aunque de un modo bien distinto. No se irrita contra ellos, antes les tiene compasión, y los mira como hombres que por su culpa y orgullo están abandonados de Dios”[100].
Resalta también Palau otras “cosas necesarias” que en el Camino de Perfección son claves para autentificar la oración:
“V., no ya como mujer flaca y cobarde sino como esforzado varón, vístase el uniforme de Jesucristo (Ef 6). Póngase la coraza de la justicia, detestando de corazón todo lo que en V. se oponga a la voluntad de Dios. Cíñase el cinturón de la verdad, que hallará V. en la doctrina de la Iglesia. Cubra su cabeza con el morrión de una plena confianza en el auxilio del Altísimo. Sus pies de V. vayan calzados con una determinación resuelta de confesar a Jesucristo, aunque sea a costa del mayor sacrificio. Tome el escudo de la fe para rechazar los dardos inflamados del espíritu maligno. Y luego empuñe la espada del espíritu, que es la palabra de Dios [Ef 6,11ss], de quien solo puede V. recibir la fuerza y el valor invocándole en espíritu y en todo tiempo por medio de toda especie de súplicas e instancias, y pidiéndole con una vigilancia y perseverancia continuas que defienda y salve la Iglesia”[101].
Reconocemos en este texto de Lucha, además de la aplicación de la oración a la vida, actitudes concretas muy teresianas como la fortaleza y entereza[102]; el rendirse a la voluntad de Dios, porque “no quieren otra cosa ni la pretenden sino contentaros”[103]; la verdad; confianza plena; determinación resuelta; el apoyo en la Palabra de Dios y el amor a la Iglesia.
También como el Camino, la Lucha pone en guardia sobre la falsa humildad. Dice la Santa:
“A unas almas engaña el príncipe de las tinieblas con una falsa humildad, persuadiéndolas que es presunción el pensar que con su oración puedan salvar la fe del reino; a otras con un egoísmo imperdonable, pensando que con esto perderían su propio bien; a unas de este modo, a otras de otro”[104].
Veamos como Francisco Palau se hace eco de estas palabras:
“Pasemos a la gente santa, a la gente de oración y penitencia. Luego que les ocurre el negociar conmigo y con mi Padre la salud de la Iglesia, les acomete con disimulo toda la chusma infernal que, revestidos de ángeles de luz, les sugieren estas o semejantes ideas: ¿Y qué pretendes tú?... Conque ¿tú solo has de alcanzar para toda la nación el triunfo de la Religión?... Vaya, vaya, ¿y te figuras que se moverá Dios a conservar la Religión en el reino porque tú se lo pidas? ¿Piensas tú que ha de escuchar Dios tus súplicas, ni aun hacer caso de tus oraciones? ¡Qué presunción!... ¿Estás loco? ¿Dónde están tu virtud, méritos y perfección para que presumas alcanzar de Dios un favor tan grande cual es la conservación de la fe en todo un reino…? Cuando tengas la santidad de los santos y la perfección de los perfectos, podrás tal vez pensar en alcanzar lo que pides. Por ahora no seas presumido. Deja esas locuras que te hacen perder el tiempo... Se les figura que esto es luz mía, sin embargo de que yo en mis Escrituras les doy otra bien distinta, y creen hacerme favor”[105].
En Lucha, como en Camino se pone gran énfasis en esa actitud fundamental que es la “determinada determinación”, entendida como fortaleza de ánimo y de acción. Temple de ánimo y postura firme en la vida que empuja decididamente al seguimiento de Jesús y a conformarse con él.
“No son las ciudades fortificadas, ni los ejércitos numerosos y bien disciplinados, ni las escuadras formidables, ni todos los pertrechos de guerra que tienen los reyes los que ponen en vigilancia al infierno y le hacen temblar. Es a veces una sola alma oscura y desconocida al mundo, pero que tiene las virtudes ordenadas en forma de un ejército formidable, la que le aterroriza, lo confunde y lo destruye”[106].
La “determinación” teresiana no es una mera actividad puramente puntual, ni se puede reducir a un momento de oración en un tiempo y lugar determinados. Se trata más bien de una actitud existencial, que abarca y empapa la vida toda. Francisco Palau lo expresa así:
“Vestida con este uniforme que el Rey de los Reyes y el Señor Dios de los ejércitos le manda a V. ponerse para salir al campo de batalla contra las potestades de la tierra y del infierno, preséntese V. al enemigo y póngase pro domo Israel, por la casa de Israel, como muralla inexpugnable [Ez 13,5], para que no pueda penetrar aquél en la ciudad santa, y luche con tesón y constancia contra Satanás y sus sectas de impiedad en defensa de sus moradores, sus prójimos de V”[107].
Otra prueba de cómo la contemplación palautiana está transida de la vida, la tenemos en el padrenuestro que plasma en La Lucha, auscultando la historia de su tiempo. Inserto en una realidad tan marcada con opresiones y anhelos de liberación vivencia el padrenuestro como la perfecta oración de la salvación integral[108]. Su contenido es netamente eclesial. Francisco Palau en cada invocación o petición hace una aplicación a la situación de la sociedad y la Iglesia española en ese momento.
E insiste Teresa más adelante: “El contemplativo, mire en sí cómo van creciendo estos efectos; y si no viere en sí ninguno, témase mucho y no crea que esos regalos son de Dios”[109].
Bastan estos textos para dejar claro que en el pensamiento de Francisco Palau como en el de la Santa, determinarse es convertirse no a una serie de actos virtuosos sino a la persona de Cristo, “aunque sea a costa del mayor sacrificio”.
En fin, la verdadera oración o experiencia mística se mide y autentica en sus efectos. Es ésta la clave a la que continuamente apelan los místicos. Pues si dicha experiencia tiene que ver con Dios, que por su propia naturaleza es amor y positividad pura, sólo puede venir positividad y amor.
Así pues vemos como los llamados presupuestos de la oración, o sus cimientos, o su pedagogía oracional, que constituyen lo nuclear del humanismo evangélico teresiano, que se puede rastrear en los capítulos 4 al 15 de Camino, vamos encontrándolo en su esencia a lo largo del escrito palautiano, aunque bajo el ropaje de su estilo propio y formas literarias de su tiempo.

3.1.3.   Dimensión eclesial y misionera de la oración

Francisco Palau desde su iniciación en la espiritualidad carmelitano teresiana conocía perfectamente el valor apostólico del sacrificio y de la vida de oración. Su propia vocación religiosa le impulsa en esa dirección. Viéndose impedido de actuar directamente en el servicio apostólico, reanimó en su alma el ímpetu eclesial de Teresa de Ávila. Revivió experiencias similares a las de la Santa y reaccionó «teresianamente»[110].
Es evidente la fe absoluta que tiene Francisco Palau en el poder transformante y salvífico de la oración. Esta fe se apoya en la Palabra de Dios del Antiguo y Nuevo Testamento que nos presenta la obra salvífica de Dios en estrecha relación con la oración del pueblo:
“Si se abren los Libros sagrados se encuentra en ellos estampada esta verdad tan consoladora de que, cuando el pueblo escogido en sus adversidades, ha hecho rogativas y ha clamado al cielo, ha sido siempre oído y le ha vuelto Dios en su gracia”[111].
Y a continuación menciona un largo elenco de textos bíblicos en los que se demuestra las entrañas compasivas de un Dios que siempre escucha a su pueblo, para aplicarlo después a la Iglesia:
“En todas las épocas en que se ha visto la Iglesia en grandes aflicciones, necesidades y apuros, ha clamado al Señor y no ha podido dejar de ser oída, porque «es imposible que las oraciones de muchos no alcancen lo que piden», dice san Ambrosio. (Comentario al cap. 15 ad Rom). La Iglesia en todos sus apuros no tiene otro recurso que levantar sus puras manos al cielo… e implorar el auxilio de lo alto; pero puesta esta condición Dios la saca siempre de ellos”[112].
Subraya especialmente como en la persona de Jesucristo Dios ha mostrado su misericordia y su omnipotencia, acude al texto del Buen Pastor haciendo mención de Jn 10-11 y Lc 15, 4-7. La tempestad calmada por Jesús a petición de los apóstoles[113], le da pie para presentar su axioma: “Jesús puede salvar a nuestra patria de la impiedad que pretende arrebatarle el tesoro inestimable de la fe. Lo quiere y no lo hace, porque no hay quien se lo pida debidamente”[114].
De aquí llega a la conclusión de que “Dios en su providencia tiene dispuesto no remediar nuestros males ni otorgarnos sus gracias sino mediante la oración, y que por la oración de unos sean salvos otros”[115].
A continuación propone la oración como intercesión y lucha citando al profeta Ezequiel 22, 30.31[116] y el libro del Gn 32, 23ss., del que comenta ampliamente el episodio de Jacob con el ángel[117]. Seguidamente va reforzando el poder y eficacia de la oración con el comentario de los textos evangélicos sobre el tema[118]. Quizás sea este aspecto de la oración como lucha donde se encuentre la mayor diferencia entre la propuesta oracional de Camino y Lucha; diferencia que desaparecerá en la etapa mística de Francisco Palau, como puede verse en sus apuntes personales, “Mis relaciones con la Iglesia”.
Los primeros capítulos del Camino, como hemos visto, son un grito vehementemente lanzado a Dios Padre por los “estragos de la Iglesia”. Refiriéndose a estos capítulos encontramos en la Lucha estas palabras:
“A este fin congregó las monjas descalzas, a las que dice que no conocen su vocación si no se emplean de continuo y con todas sus fuerzas en rogar a Dios por la santa Iglesia y por detener el torrente de la herejía, que amenazaba entonces devastar todo el mundo católico”[119].
Desde el comienzo de la Lucha, también Francisco Palau responsabiliza con la oración a cada cristiano y cristiana de las grandes necesidades de la Iglesia, como lo hizo santa Teresa en el Camino de Perfección. Francisco Palau considera en la Lucha del alma con Dios que la porción de personas orantes son “como el corazón de la Iglesia, la representa al vivo y las cosas se arreglan en la tierra según estas almas lo alcanzan del cielo”[120].
En sus correrías apostólicas y desde los rincones de la soledad, proclama sin cesar el apostolado de la oración; alista candidatos para “luchar con Dios” en favor de la Iglesia española. Se propuso enseñar a orar eficazmente por la Iglesia. Buscó su propia forma de hacerlo por medio de un manual pedagógicamente bien estructurado. Eso quiso ser La Lucha del alma con Dios. De esta forma Francisco Palau se ofrece como maestro y guía para cuantos aman a la Iglesia y se encuentran en circunstancias similares a las suyas[121].
Y esto es debido a que la percepción de la Iglesia en la Lucha como en el Camino va más allá del mero entendimiento del engranaje de su estructura externa. Con palabras de Tomás Álvarez: “Lo primero que constata el lector del Camino de Perfección es la inclusión de Cristo Jesús en la Iglesia histórica, es decir en el aquí y ahora de la misma”[122]. Concretamente en la Iglesia que sufre y se bate en el acontecer histórico. El penetrante dolor de Teresa por lo que ocurre en la Iglesia de su tiempo (divisiones, guerras, polémicas ideológicas, apostasías) tiene por referente a Jesús que en la cruz de ahora vuelve a sufrir[123]. Es decir, en la Iglesia histórica está misteriosa y realmente implicado el Cristo glorioso, que en ella vuelve a ser vulnerable y pasible, paciente de hecho.
En el caso de Francisco Palau toda su aventura espiritual consiste en la identificación con la Iglesia, Cristo místico, que sigue sufriendo en los crucificados de todos los tiempos, para liberarlos y para servirlos. La experiencia de la Iglesia como cuerpo de Cristo suscita en Francisco Palau la urgencia por la atención espiritual y material a este cuerpo. Continuamente lo hace patente en su vida y escritos porque la comunión no es para él un razonamiento teórico sobre el misterio eclesial, sino una actitud de vida.
“Mira, contempla y medita en Jesús crucificado, el cuerpo moral suyo que es la Iglesia, llagada por las herejías y errores y pecados; y en fruto de esa meditación... ofrécete, date y entrégate toda a Él para que en ti y por ti contigo haga lo que le plazca...  Negocia en el cielo la cura y el alivio de Jesús paciente en su cuerpo místico crucificado”[124].
Lleva de la mirada de Dios a los ojos de los más pobres y excluidos, a los extranjeros a los que están detrás de una etiqueta de cualquier barrera cultural o religiosa y viceversa, desde ellos a la mirada de Dios:
“Has de principiar en la meditación de Jesús crucificado, mirando en su cuerpo físico el místico y moral de toda su Iglesia, y siendo tú amiga suya y amante suya, con la oración bajo la forma marcada en la Lucha, has de principiar a cooperar en ti al amor de los prójimos”[125].
Ese ocuparse por el cuerpo de Cristo viviente en cada persona, es dejarse invadir enteramente por la humanidad sufriente, cuerpo llagado de Cristo y dedicarles servicio material y oración con el objetivo de que sean salvos.
“Eso es lo último de la perfección. Ora a ratos por las necesidades del cuerpo llagado de Jesucristo y ocúpate enteramente en la salvación de los otros. Ese es tu camino. Ocupándote del bien de los otros, ordenarás tus fuerzas, tus virtudes, tu tiempo, tu vida a la salvación del prójimo”[126].
Tanto la Lucha como el Camino muestran el convencimiento de sus autores, de que en los avatares de la historia, como en los vaivenes de la barca de Genesaret, la Iglesia corre el riesgo de hundirse y perecer[127], pero si algo la salva es tener a Cristo por prenda en la Eucaristía porque ella es el corazón de la Iglesia. Y es precisamente en la comunión sacramental donde, para Teresa y F. Palau, una ocasión privilegiada de encuentro. Santa Teresa nos dice: “Estaos vos con Él de buena gana; no perdáis tan buena sazón de negociar como es la hora después de haber comulgado”[128]. Del mismo modo, el beato Francisco Palau en las orientaciones introductorias de la Lucha comenta: “Podrá muy bien hablar Dios a su corazón, iluminarla y aun visitarla de un modo especial…, pero las visitas de que se habla en este libro son las que hace Jesucristo a las almas que comulgan”[129].
Como Teresa de Jesús, Francisco Palau no se contenta con aplicar en favor de la Iglesia su oración personal y la ofrenda sacrificial de la vida. Intenta contagiar a otras personas los mismos deseos y propósitos. La proyección apostólica brota espontáneamente de su raíz carmelitano-teresiana. Por ello, se convierte necesariamente en fuerza de atracción y foco de irradiación para tantas personas a través del tiempo, especialmente para aquellas comunidades a las que van dando vida como fundadores.

Conclusión

El ideal de vida formulado en Camino: concebir la existencia y vivirla en función de servicio eclesial es asimilada al máximo por Palau.
Francisco Palau asume los postulados básicos Teresianos en la oración: Se ora en la Iglesia y para la humanidad entera; la oración se alimenta y educa desde la vida; se trabaja con determinada determinación; entrando dentro de sí, para centrar la atención en Cristo.
La filiación de la Lucha del alma con Dios del Camino de Perfección queda demostrada por las mismas declaraciones de su autor, especialmente a lo que se refiere a las motivaciones, finalidad y centralidad de la oración en ambos escritos. También gran parte de su vocabulario, expresiones y símbolos. Aunque con un estilo literario muy distinto como es lógico, dado los tres siglos que los separan. También vemos que influye en las diferencias que afectan al contenido el distinto momento que se encuentra cada uno en la andadura espiritual: Santa Teresa en la plenitud de la experiencia mística y Francisco Palau en los comienzo de ella.
Por otro lado ambos autores manifiestan el convencimiento profundo del valor de la oración. Uno y otra proponen la oración como remedio para los males del mundo y de la Iglesia. Ambos expresan que un modo de servir a la Iglesia es la oración y el sacrificio, es decir la oración y el seguimiento de Jesús en actitudes y hechos concretos.
Llegamos a la conclusión de que el Beato Francisco Palau tiene el mérito de ser uno de los autores del siglo XIX que a pesar de ver truncada su vida conventual por la persecución religiosa de aquellos años, vive con gran intensidad el espíritu teresiano y lo transmite con fuerza y convencimiento. Con gran pedagogía adapta el mensaje de la santa al espacio y tiempo en el que vive. Por tanto, podríamos decir, con expresión actual, que hace relectura del Camino de Perfección viviendo los problemas y desgarros de la Iglesia de su tiempo y buscando en la oración hecha vida la respuesta salvadora que necesita.
Destacamos las siguientes características en ambos autores:
·       Vibran al unísono con la Iglesia y se preocupa por sus problemas y los de la sociedad de su tiempo.
·        La preocupación les lleva a buscar el modo de responder a las necesidades del momento, encontrando en la vida evangélica y la oración hecha vida el remedio a los males que afligen a la Iglesia.
·         La oración que proponen se nutre de la persona de Cristo y la palabra de Dios.
·         Es una relación interpersonal que supone la presencia del amigo de múltiples formas.
·        La vida prepara la oración y los efectos de la oración repercuten en la vida transformándola.
·         Es una oración que por su misma naturaleza es misionera y eclesial.
               
                                                                                                                               -Lola Jara-

[1] Vida Solitaria (VS, en adelante), 242,10
[2] Afirma: “Me conformé lo mejor que pude con las reglas de mi profesión religiosa” (VS 243,12).
[3] VS 242,10.
[4] Carta 93, 4.
[5] CV 11, 4.
[6] Carta 44, 6. Es una carta dirigida al P. Antonio Mª Claret el 28 noviembre 1859, confesor y consejero de Isabel II en esos años. Le pide que intervenga ante la reina y el ministro de la Guerra para que le indulten la pena del destierro en Ibiza y poder llevar a cabo la misión de la predicación a la que se siente llamado.
[7] VS 246, 20.
[8] Gregorio XVI, durante la alocución pronunciada en el consistorio secreto del 1º de marzo de 1841 condenó la «violación manifiesta de la jurisdicción sagrada y apostólica, ejercida sin contradicción en España desde los primeros siglos». El Gobierno replicó el 29 de junio con una declaración agresiva, redactada por el ministro de Gracia y Justicia, José Alonso, que mostraba, una vez más, el antagonismo existente entre ambos poderes y la imposibilidad de reconciliación. Se llegó incluso, por parte del Estado español, a un intento de ruptura con Roma para formar una Iglesia española cismática, de tipo anglicano. Pero el cisma no llegó a consumarse, si bien el Gobierno siguió las grandes líneas de la política religiosa anterior. La situación de muchos obispos y el estado de las diócesis fue empeorando, porque aumentaban las sedes vacantes y la situación del clero se hacía insostenible, ya que el Gobierno no retribuía sus pertenencias. Cf. Vicente Cárcel OrtíAnales de Historia Contemporánea, 25 (2009) 18-20.
[9] Carta 38,11.
[10] Lucha, 128.
[11] Lucha, 50, 32.
[12] Lucha, 51, 32.
[13] En la primera conferencia "el director descubre al alma la causa de sus penas, producidas por la situación desastrosa en que se encuentra la Iglesia, y fija los puntos a tratar en las siguientes conferencias (Lucha, 57-61). La segunda es la exposición de todos los males que sufre la Iglesia en España y las causas que los provocan (61-96). La tercera continúa la exposición de la segunda y expone, además, la conducta que observa Dios con el pueblo que guarda su ley y empieza a exponer ya los remedios como son la penitencia, la oración acompañada de la mortificación y el sacrificio de la cruz, renovado todos los días en el sacrificio del altar (96-124). La cuarta presenta la negociación del alma con Jesús, su "esposo", por medio de la intercesión de María y los santos, así como la negociación de la "esposa" de Jesús con el Padre, a quien pide el exterminio de la impiedad y el triunfo de la Religión en España; el Padre para concedérselo le pide una satisfacción por los pecados de este desgraciado reino, a lo que el alma se compromete. Introduce el Padre Nuestro aplicando cada petición a las circunstancias históricas de la Iglesia española en esos años (125-159). En la quinta es juzgada la causa de la Religión en España en el tribunal de la justicia divina; el alma lucha con el Juez y con las leyes de su justicia, y contra Satanás, en favor de la Iglesia, para lo que alega cuatro títulos: la suma bondad de Dios, la suma miseria y necesidad del pueblo, el cumplimiento de la palabra de Dios y la petición, que al ser la petición de la misma Iglesia, no puede dejar de ser atendida, ya que Cristo es su "cabeza" y el Espíritu Santo su "alma" (159-221). La sexta muestra la causa de la impiedad de España discutida en el tribunal divino, en el cual es decretada su total destrucción, cuyos motivos son la protección divina para con su pueblo, la oración y el sacrificio, que desarman la justicia de Dios; termina esta conferencia, y el libro, con un "cántico de victoria", compuesto con citas del Apocalipsis 5, 9-12; 15, 2-8; 16, 1.10.11 (222-232).
[14] Lucha, 152-155.
[15] CV 1, 2.
[16] Lucha, 113, 29.
[17] CV 1, 5.
[18] Lucha 145, 28; cf. C1, 5.
[19] CV 4, 1.
[20] Luchaibíd.
[21] Ibíd.
[22] Lucha, 55-56.
[23] Para santa Teresa la dama o reina es la humildad que es quien da jaque mate al rey, para Palau la pieza clave es la oración. Cf. CV 16.
[24] Lucha, 225.
[25] Lucha, 146, 29.
[26] “Se está ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo -como dicen-, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si
Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”. C1, 5.
[27] Lucha, 65, 5.
[28] Cf. CV 22, 7-8; 26, 4. Veremos más detenidamente como incide este tema en Palau al tratar el apartado de Cristo-esposo.
[29] CV 35, 5.
[30] Lucha, 54, 39. Cf.33, 6 - 34, 7; 40, 16; 42, 18; 104, 13 – 114; 132, 13.
[31] “Teresa escribe, y a la vez da la impresión de que está hablando con todos nosotros: con sus primeras destinatarias…, con su confesor, con el censor, con Dios, con el lector de todos los tiempos…, contigo, conmigo… No sólo pasa Teresa del diálogo con los lectores al diálogo interior con Dios. Sino que ha saltado a otro plano. Se ha puesto a escribir orando. Corta el hilo del discurso para dirigirse a Dios… define también otro de los rasgos más fascinantes del estilo orante de esta mujer tan apasionada”. (Tomás ÁlvarezEstudios teresianos III, 43).
[32] Por ejemplo, en medio del diálogo con su dirigida en el que se lamenta de la situación de la Iglesia española, de pronto se vuelve a Dios con el texto de Lamentaciones 4,1 “¡Dios mío! ¡Cómo se ha oscurecido el oro y se ha cambiado su hermosísimo color!” (Lucha, 66, 7), e inmediatamente vuelve a cambiar de interlocutor dirigiéndose esta vez a la nación española: “¡Oh España! ¡Oh dulce patria mía! Tan rica y poderosa un tiempo cuando tus gobernantes, siendo católicos de veras, eran los p rimeros en postrarse ante las aras de tu Dios… Y ahora ¿cuántos de tus santuarios vemos desiertos, profanados y robados?; ¿cuántos se hallan convertidos en establos para los caballos, en teatros mundanos, en cuarteles para soldados…” (66-67).
[33] Desde el subtítulo aparece este carácter dialógico: “Diálogo entre un alma de oración, representada con el nombre de Teófila, y su director”. Pero, en realidad el coloquio implica a Cristo esposo, Dios- Padre, Hijo y Espíritu Santo-, la Iglesia y la nación española.
[34] CV 1, 1.
[35] Cf. Lucha, 50, 31; 52, 36; 53, 37; 116, 35.
[36] Lucha, 67. Cf. 65-66.
[37] CV 35, 3.
[38] Su dolor y preocupación se hacen patentes en los dos párrafos centrales del capítulo: nn. 3 y 4: "(Oh Redentor mío, que no puede mi corazón llegar aquí sin fatigarse mucho! ¡Qué es esto ahora de los cristianos? ¿Siempre ha de ser los que más os deben los que os fatiguen?!… No me deja de quebrar el corazón ver tantas almas como se pierden; mas del mal no tanto. Querría no ver perder más cada día”.
[39] CV 1, 2.
[40] El evangelio es rico en citas que recogen distintos momentos y situaciones en las que Jesús se dedica a la oración: Lc 3, 21-22 (Bautismo); 5, 15-16 (aclamación); 6, 12-13 (decisión); 9, 18-20 (revelación: ¿Quién soy yo?); 9, 28-29 (transfiguración); 11, 1-2 (instrucción: “santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino”); 22, 39-46 (resistir en la prueba); Mt 11, 25-26 (alegría por la manifestación a los pequeños); Mc 14, 36 (grito de dolor en Getsemaní); Jn 11, 41-42 (El Padre escucha a Jesús, resurrección de Lázaro); Jn 12, 27-28 (Jesús acepta la copa); Jn 17 (el amor extremo).
[41] V 8,5.
[42] Catecismo 30,4.
[43] MRel 727,3.
[44] CV 28,4.
[45] Carta 38,2.
[46] Así nos lo demuestra el siguiente texto: “Pero como mi objeto no es sólo ilustrar su entendimiento y enseñarle lo que ha de hacer, sino hacerle entrar a V. de lleno en esta lucha que se pasa toda en el interior del espíritu y, en cuanto me es dable, entrarme dentro de su alma y allí guiarla a V. y conducir sus pasos en el modo con que ha de portarse en la oración cuando V. –resuelta ya por las tres conferencias primeras a batallar estas batallas del Señor– entra valerosamente en esta difícil y gloriosa lucha, cuando ya no es su lengua de V. la que habla sino su alma la que obra”. Lucha, 51, 34.
[47] Lucha, 128.
[48] Lucha, 184, 34.
[49] CV 42, 5.
[50] CV 22,1; 22, 3.
[51] CV 22, 1; 24, 2.
[52] Lucha, 54, 39.
[53] Lucha, 55.
[54] En palabras de la Santa “El contemplativo, mire en sí cómo van creciendo estos efectos; y si no viere en sí ninguno, témase mucho y no crea que esos regalos son de Dios”. CV 36, 13.
[55] CV 26, 6.
[56] Cf. CV 26, 1. 6; 29, 6-7; 34, 8.
[57] Secundino CastroCristología Teresiana, EDE, Madrid 1978, 332.
[58] Lucha, 35, 8. Cf. 2 Cor. 5,18-19; Rom. 5, 10.
[59] Cf. Secundino Castroo.c., 336.
[60] Cf. Secundino Castroo.c., 131.
[61] CV 29, 7; 6,3; 24, 4.
[62] Cf. Secundino Castroo.c., 131.
[63] “Vengo a remediar tus necesidades, y a consolarme contigo y consolarte” Lucha, 126. En el Camino de Perfección leemos: ¿tan necesitado estáis, Señor mío y Bien mío, que queréis admitir una pobre compañía como la mía, y veo en vuestro semblante que os habéis consolado conmigo? CV 26, 6.
[64] Escuela, 273, 3-274.
[65] Carta 6, 7; Cf. 88, 11. Cf. CV 26, 5.
[66] “El principal director y maestro en esta tremenda lucha no es otro, como ya se dijo arriba, que el Espíritu Santo. Él es el que conduce las almas a esta arena; el que les enseña las reglas de la táctica espiritual que deben observar para que logren el triunfo” Lucha, 48-49.
[67] Cf. Lucha, 144, 27-145, 28. Cf. V6, 6-8.
[68] Lucha, 45, 23; 35, 8; cf. 101; St 5,16-18.
[69] Jesucristo, pues, es Maestro de la oración teresiana en cuanto que es él quien la comunica, la enseña, es objeto de esa enseñanza y el término al que se dirige; en este sentido, Jesucristo es Maestro, doctrina y vida; este tríptico es esencial para comprender toda la hondura que lleva consigo el título de "Maestro" aplicado a Jesucristo dentro del ámbito de la oración teresiana.
[70] CV 24, 4; Cf. 21, 4; 26, 1. 11.
[71] Cf. Lucha, 54, 39.
[72] Lucha, 49.
[73] CV 21, 4.
[74] CV 22, 6; 30, 2; 37, 5.
[75] Lucha, 104. En las Páginas Periodísticas aparece también este concepto cristológico. Tratando de la encarnación, habla de reconocer en Jesús “una inteligencia Soberana y la Sabiduría infinita”, y “en el Verbo hecho carne, un Maestro que no puede engañarse ni engañarnos; nuestros alumnos oirán atentos las lecciones que les dará un Niño que es Verdad infalible (Catecismo, lec. 2)”. Páginas Periodísticas, 1468.
[76] CV 26, 2; cf.25, 1-2.
[77] Cf. CV 22,1. 7; 23, 2; 26, 10.
[78] Cf. Secundino Castro, Cristología teresiana, EDE, Madrid 1978, 346.
[79] Cf. Lucha 37, 12.
[80] Lucha, 47, 26.
[81] Lucha, 60, 6; Cf.124, 48.
[82] Cf.CV 26, 3.
[83] Cf. Tomás ÁlvarezEstudios teresianos III, 42.
[84] CV 26, 3.
[85] Curiosamente en el códice de Valladolid, entre los recortes practicado por los censores, desaparece esta declaración del origen bautismal de la esponsalidad, que aparece claramente en el códice del Escorial: “nosotras estamos desposadas −y así todas las almas por el bautismo−“ CE 38, 1.
[86] Cf. Lucha, 37, 12.
[87] Lucha, 47, 26.
[88] Cf. MRel 814-816, 870-872, 906-908, 966-969. En este escrito vuelca su experiencia eclesial en los moldes clásicos de la espiritualidad teresiano–sanjuanista. Utilizará como símbolo base de su itinerario espiritual el de la amistad y sobre todo el de los desposorios, aunque haciendo una transposición de términos, el esposo es la persona, en este caso, F. Palau, y la Esposa es la Iglesia.
[89] Cf. MRel 972, 24.

[90] En el Camino los presupuestos se articulan así: - La Iglesia como ideal de servicio y como razón de vida. - Virtudes prácticas que amarren a la realidad: amor, desasimiento (libertad) y humildad (CV 4,4), que “paréceme andan siempre juntas” (CV 10,3). - La actitud decisiva: la “determinada determinación”.
[91] CV 4, 3.
[92] CV 4, 4.
[93] Cta 12, 1.
[94] Lucha, 158, 45; Cf. 34; 37, 12; 55; 112, 26; 119; 131.
[95] Lucha, 37, 12.
[96] Ibid.
[97] “El simbolismo esponsal pone de relieve que la vida espiritual no implica, ni solo ni principalmente, un desarrollo de carácter ético (perfección) sino relacional e interpersonal (simbiótico), en cruce de vida entre Dios y el hombre: la unión”. Tomás Álvarez, camino espiritual, en Diccionario de Santa Teresa, Monte Carmelo, Burgos 2001, 229.
[98] Lucha, 43, 20.
[99] Entre todos los efectos de la contemplación (capítulos 36 al 42 de Camino), el del perdón y la capacidad para perdonar, es sin duda el más significativo, y sobre el que repetidamente vuelve Teresa. El contemplativo puede tener otras faltas e imperfecciones, pero, según nuestra mística, nunca la de no perdonar, “con ésta [falta] no he visto ninguna [persona contemplativa]” Cf. Secundino CastroCristología teresiana, EDE, Madrid 1978, 135.
[100] Lucha 71, 14.
[101] Lucha, 37-38.
[102] Encontramos casi la misma comparación en CV 7, 8, aunque en otro contexto, el del amor fraterno y refiriéndose a “las palabras regalada”. Dice así: “Es muy de mujeres y no querría yo, hijas mías, lo fueseis en nada, ni lo parecieseis, sino varones fuertes; que si ellas hacen lo que es en sí, el Señor las hará tan varoniles que espanten a los hombres”.
[103] CV 3, 7.
[104] Lucha, 132, 13.
[105] Lucha, 129, 11-130; Cf. CV 38, 2: Aquí junto al tema de la falsa humildad, aparece otro tema teresiano con la expresión “ángel de luz”. Escribe la Santa: “Los soldados de Cristo, que son los que tienen contemplación y tratan de oración, …; nunca temen mucho enemigos públicos; ya los conocen y saben que, con la fuerza que en ellos pone el Señor, no tienen fuerza, y que siempre quedan vencedores y con gran ganancia; nunca los vuelven el rostro. Los que temen -y es razón teman y siempre pidan los libre el Señor de ellos- son unos enemigos que hay traidores, unos demonios que se transfiguran en ángel de luz; vienen disfrazados. Hasta que han hecho mucho daño en el alma no se dejan conocer...”
[106] Lucha, 50.
[107] Lucha, 38, 12.
[108] Si consultamos los comentarios clásicos de los Padres en la fe, como por ejemplo los de Tertuliano, de san Cipriano, de Orígenes, de san Cirilo de Jerusalén, de san Gregorio Niseno, san Ambrosio, Teodoro de Mopsuestia, san Agustín o el mismo san Francisco de Asís..., percibimos que junto al comentario del padrenuestro resuena también, siempre, un comentario de la propia vida con las esperanzas y angustias típicas de aquellos tiempos. Nada más natural que sea así, porque leer significa siempre releer. Interpretar con sentido el pasado entraña siempre actualizarlo en función del presente… Cf. Leonardo BoffEl padrenuestroLa oración de la liberación integral, 164.
[109] CV 36, 13.
[110] Tenemos la confesión explícita de tal sintonía en este mismo libro. Cf. Lucha, 113, 29; 145, 28-29; 146.
[111] Lucha, 105.
[112] Lucha, 108; Cf. 105-107.
[113] Cf. Mc 4,38; Mt 8,25.
[114] Lucha, 33, 6.
[115] Lucha 35, 8; cf. 101; St 5,16-18.
[116] “Busqué entre ellos alguno que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no lo hallé”.
[117] Cf. Lucha 39-41.
[118] Cf. St 5,16-18; Lc 11,9; Mc11, 24; Jn 16,23-24; Lc 11,11-13.
[119] Lucha, 145, 28.
[120] Lucha, 112.
[121] El Espíritu movía en esta línea a la Iglesia pues al año de publicarse esta obra, se creaba en Francia el «Apostolado de la oración» a través de una organización dotada de estatutos y reglamentos. Fue fundada en Francia en 1844-1845, siendo de origen jesuítico. Los PP. Gautrelet y Ramiéres fueron sus creadores. Seguramente el Carmelita exiliado, ignoraba este movimiento, desde luego, no existía cuando escribió La Lucha, pero su vocación carismática le impulsaba en idéntica dirección. Cf. Eulogio PachoEstudios palautianos, 44-58.
[122] Tomás ÁlvarezTeresa ante el “misterio” de la Iglesia, en Tomás Álvarez (dir.) Diccionario de Santa Teresa, 798.
[123] CV 1, 3.
[124] Carta 39, 7.
[125] Carta 38, 11.
[126] Carta, 6.
[127] Cf. CV 25, 5; Lucha, 33, 6-34, 7; 40, 16; 42, 18; 54, 39; 104, 13-114; 132, 13.
[128] CV 34,10.
[129] Lucha 52, 35.