Avila, viernes 21 de marzo de 2025
Cultivar la esperanza en tiempos difíciles
Pablo Guerrero, sj
0.- Introducción.
Pablo Guerrero, sj, enmarca la
esperanza con las citas de dos papas a las que separan sesenta y dos años: una,
de Juan XXIII al abrir el Concilio Vaticano II y otra, de nuestro papa actual Francisco.
Vivimos ahora tiempos de «herejía emocional», un concepto que alude a esa falta
de esperanza que se nos cuela cuando decimos expresiones «este mundo es un
desastre» o «esta Iglesia no hay quien la cambie»; falta de esperanza que es
una falta de confianza. Es imprescindible aprender a vivir y observar, saber
que somos invitados a ser testigos de esperanza en los tiempos que nos ha
tocado vivir. A veces sentimos nostalgia de pasados absolutamente idealizados; los
desafíos son necesarios para aprender y madurar, pueden ser oportunidades para
crecer y especialmente en el terreno espiritual.
1.- Unas palabras sobre la esperanza.
La esperanza es la fe que mira
hacia adelante. La vida espiritual no es una vida espiritual defensiva. No es un
soportal en el que nos arrebujamos con otros para protegernos de la lluvia,
sino más bien un paraguas con el que nos protegemos de la lluvia. Es decir, es
paciente pero no pasiva; nos impulsa a buscar soluciones y requiere un esfuerzo
consciente. Las relaciones humanas son una fuente inagotable de esperanza; nos
recuerdan que no estamos solos en la lucha. Cultivar la esperanza es hoy un
acto de rebeldía, casi revolucionario.
2.- La Iglesia como fuente de esperanza para la
Humanidad.
Cómo encontrar signos de esperanza hoy.
El ser humano se enfrenta a un vacío espiritual que nada puede llenar. En su
anhelo por algo que dé sentido, se repliega sobre sí mismo o sobre su móvil,
que es lo mismo; atrapado entre un racionalismo y una tecnología que nos
deshumaniza y, al mismo tiempo un hedonismo que intensifica su soledad e
insatisfacción.
¿Sigue siendo la Iglesia una fuente
de esperanza? Algunos piensan que la Iglesia ha perdido su rumbo; se habla de
una época post cristiana. Es indudable que se ha reducido el número de personas
que asisten a misa, muchas congregaciones han cerrado sus puertas. En otros
países, los cristianos son perseguidos y martirizados.
¿Estamos interpretando bien los
signos de los tiempos? ¿No será que nuestra esperanza es débil porque la hemos
depositado en cimientos equivocados? La esperanza sobre roca o sobre arena.
2.1.- Las Ilusiones engañosas del
Mundo y la respuesta de Cristo.
Jesús también estuvo sometido a
esas ilusiones engañosas, son las tentaciones del desierto cuyo poder de
seducción sigue tan vigente como entonces. Nadie, ni siquiera la Iglesia, está
inmune a esas tentaciones; por eso es vital conocerlas. La primera tentación (convertir
las piedras en pan) promete felicidad a través de la plenitud material, del
consumismo que nos bombardea. La segunda (arrojarse desde lo alto del templo) supone
confiar en el poder y la ostentación («tanto tienes, tanto vales»). La tercera
tentación (adorar al diablo) propone adorar ideologías, sistemas o estructuras
otorgándoles valor absoluto; al rechazar a Dios, el hombre se aferra a verdades
parciales, pragmáticas.
Estas tres ilusiones engañosas
permeabilizan nuestras decisiones, nuestras comunidades religiosas, incluyendo
a la Iglesia. Si traicionamos nuestra misión y nos convertimos en eco de las
ilusiones engañosas del mundo, nos olvidamos de estas verdades. Convertirse, en
cambio, es sentirse atraídos por Jesucristo.
2.2.-
La verdadera esperanza.
Está en las respuestas de Jesús: no
solo de pan vive el hombre; no tentarás a tu Dios; solo a Dios adorarás. San
Pablo en sus cartas nos repite la esperanza que brota de la cruz.
3.- La esperanza de la cruz.
La esperanza nacida de la cruz es
indestructible; reconoce los límites humanos y no confía solo en las soluciones
terrenales, sino que las integra en el plan de Dios. El cristiano no se rinde
ante los problemas del mundo, se compromete a construir un mundo más justo,
sabiendo que su esfuerzo culmina con la gracia divina. Primero tenemos que
vivir la esperanza nosotros, en una unión con Cristo.
Hoy el mundo busca esperanza no en
ideas sino en testimonios. Las conversiones se fueron produciendo al ver cómo
los primeros cristianos se amaban. Para mucha gente el único evangelio será ver
la vida de los cristianos. Hoy el mundo busca esperanza, pero esperanza de
verdad.
Dios se hizo uno de nosotros y escogió
mirar al mundo desde la cruz, está en la cruz pero para salvar, liberar. Que
esté en la cruz no es justificación de las cruces injustas de la sociedad. La
cruz es un umbral que debemos traspasar para llegar a la salvación, que es
nuestra esperanza. Solo si aceptamos la cruz, podemos ser verdadera esperanza
para el mundo.
3.1.-
La cruz me revela quién es Dios.
Dios está enamorado de nosotros y quiere
estar con nosotros. No nos suprime el dolor, pero nos acompaña; así nos consuela,
no porque nos quite el dolor sino porque lo llena de sí mismo, de amor.
3.2.-
La cruz me revela quién soy yo.
Nos muestra la capacidad que tenemos
cada uno de hacer el mal; muestra el producto de todos los desamores,
desesperanzas. Nos recuerda los dolores que nuestro mundo padece. Nos muestra
al ser humano desfigurado. La cruz nos enfrenta a nuestra realidad con la
seriedad que tienen nuestras acciones y la responsabilidad de nuestras
acciones.
3.3.-
La cruz nos enseña cuál es el secreto de la vida bien vivida.
Cristo nos salva porque nos muestra
el secreto de la vida bien vivida: contemplar el misterio y el escándalo,
dejarnos mirar por el crucificado. Ante el crucificado no podemos tener nada de
protagonismo. En el centro de nuestra oración solo puede estar Cristo
crucificado. Es reconocer que nuestra vida está llamada a ser así, que nuestra
esperanza radica en que solo si el grano de trigo muere… Si nos dejamos mirar
por la cruz de Cristo, nos vamos a transformar porque en la cruz descubrimos
que el amor es más fuerte que la muerte y que al mal solo puede vencerlo el
bien, al igual que a la paz solo podemos llegar por medios pacíficos.
4.- Hacia una espiritualidad de la espera.
Para san Ignacio, la espera tiene
un significado activo. No puede separarse del concepto de amar y servir. La
espera no es pasiva, es misionera. No es la espera del autobús, de dejar que el
tiempo pase. Es una espera habitada, con cabida para nuestra acción, que nos
enraíza en la vida. Es la que coincide con la esperanza
cristiana.
Conclusión.
Por qué soy un hombre de esperanza. Cristo, en la cruz, le dice al Padre: en
tus manos pongo mi espíritu. Cristo muere no en la certeza, sino en la
confianza. Él, verdadero Dios y verdadero hombre, nos muestra el camino, un
camino que es posible.